Todo lo que nos rodea y nos permite vivir: el aire, el sol, el agua, las plantas, los animales... tienen en sí mismos valor, todos nos hablan de Dios, son una caricia de Dios. Nada de lo que podemos ver en la Creación sobra. Por eso es tan importante cuidar de cada ser y por supuesto de cada persona como a preciosos tesoros, que no podemos maltratar, ignorar o descartar. Muchas veces vemos anuncios o escuchamos a alguien que nos hacen pensar que no hace falta cuidar el mundo que nos rodea ni a las personas; que las cosas son de usar y tirar y los demás, también. Eso es lo que el Papa llama vivir una cultura del descarte en vez de una cultura del cuidado. Y eso se ve más claro todavía en nuestra relación con los más empobrecidos, con los excluidos. Ellos son los que más sufren las consecuencias de la destrucción de la tierra. Los desastres, las inundaciones, la pérdida de biodiversidad, las sequías, el cambio climático, afectan a las poblaciones más débiles y desprotegidas mucho más que a las demás.
El contenido de la encíclica es igualmente poderoso. Luego de mostrar, con la mejor evidencia científica, las dimensiones de la crisis ambiental y sus efectos desproporcionados sobre los más pobres, el papa se interroga sobre las raíces de esta crisis y las encuentra en un consumismo y un antropocentrismo desbordados, asociados a un modelo globalizado de crecimiento incesante, insensible a las restricciones ecológicas y a las desigualdades sociales. La crisis ambiental es entonces para el papa una crisis igualmente social y ética pues deriva de una visión de sometimiento tecnológico de la naturaleza, que hoy es insostenible
es importante cuidar la casa comun
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